martes, 30 de junio de 2015

A MIS QUERIDOS MORCHERICOS

Hoy, el CEIP El Morche ha cerrado sus puertas para mí (bueno, si alguien me requiere en Julio soy consciente de que debo ir y no pondré pegas) y yo, que me conozco, sé que quizás no he sabido expresar de verdad lo importante que habéis sido para mí, lo a gusto que he estado con vosotros y lo feliz que me voy de poder haber compartido con vosotros este curso, con tan sólo una nota de tristeza: no poder quedarme.

No creo que olvide nunca el día que sonó mi móvil con ese número tan largo típico de la delegación y el señor que estaba al otro lado de la línea e dijo que había una sustitución para mí en un colegio de El Morche. Estaba comprando zapatos (mi gran debilidad) apenas tres días después de mi cese tras un mes de trabajo en un colegio de Vélez Málaga. “¿El Morche?” Pensé. “Y eso, ¿dónde está?” El señor me indicó “amablemente” que era de la zona de Torrox-Costa pero que no sabía decirme nada más, ni siquiera si la sustitución era larga o corta.

Colgué con sensaciones enfrentadas. En primer lugar, la emoción típica de cualquier interino al que llaman para darle trabajo cuando está parado (aunque ya digo que apenas estuve un día, porque los otros dos fueron fin de semana). En segundo lugar, cierta frustración. De todos los centros bilingües de la provincia de Málaga (la única que había puesto para sustituciones), sin duda Torrox era una de las que más alejadas pillaba de mi casa… y de Málaga capital, que era mi segunda opción para vivir en caso de tener que desplazarme. Sé que es absurdo pensar eso teniendo en cuenta que me había librado de colegios de interior y que estábamos hablando de seguir en mi provincia, pero las estadísticas jugaban a mi favor (cualquier centro desde Estepona hasta el Rincón entraba dentro de mis comodidades) y aún así, me mandaron un poquito más allá.

Me fui aquella misma tarde a acoplarme a la casa que mi hermano compartía temporalmente con un amigo en Málaga, y el Martes me levanté, recogí mi tarjetita rosa (qué maravilla, cómo funcionan las tecnologías en la Delegación) y me fui dirección a El Morche sin tener todavía muy claro cómo llegar. Abandoné la autovía pasado Vélez (la entrada que había cogido hasta entonces para mi colegio anterior) y descubrí pueblos que ignoraba mientras me deleitaba con las hermosas vistas de la playa a ras de carretera: Algarrobo, Mezquitilla, Lagos… y, al fin, El Morche. Avancé por la en aquel entonces desconocida para mí Carretera de Almería pendiente de cada cartel, temiendo no ver el colegio aunque a la vez preguntándome dónde estaría, si yo sólo veía una calle en aquel pueblo y no tenía pinta de haber ningún colegio por allí. Un cartel rosa me indicó que el CEIP El Moche estaba cerca, así que aparqué y llegué, casi sin darme cuenta, al edificio de ladrillos a la vera de la playa que se convertiría, sin duda, en uno de los mejores lugares donde he podido estar.

Desde Inma, una de las primeras personas que recuerdo, su voz calmada, la paz que desprendía con cada una de sus palabras; ver a Miguel en mi clase, al lado del cual me quedaba yo tan pequeña; Joaquina cantándole a Antonio y a Fran de lado a lado del recibidor; las palabras amables en la puerta, el recibimiento de todos y cada uno de vosotros en aquellos primeros días, , en aquellos primeros recreos en los que apenas tardé 5 minutos en sentirme una más, como si llevara allí toda la vida… Quizás es lo que debiera ser normal, quizás entre tanta competencia ciudadana y valores cívicos podría entenderse como lo lógico, pero mi experiencia del curso anterior, de la cual yo partía, no me hacía esperar eso. Tras un centro en el que mi mayor apoyo fueron los padres y, sobre todo, las madres de mis alumnos (y sí, sé que quizás es poco habitual, pero así eran las cosas allí), unos claustros que parecían esconder guerras frías entre dos partes muy claras del profesorado, el escaso apoyo, el sentirme nueva y menospreciada por ello, la frase que tantas veces escuché: “se nota que no tienes experiencia” o “no puedes pretender hacer las cosa igual de bien que fulanita, que lleva treinta años trabajando”, intentando excusar errores que venían de mucho antes a que yo llegara en un curso en el que sufrí y aprendí casi con la misma intensidad y que sin duda me ha hecho relativizar el concepto “clase conflictiva” (yo, hasta que no veo tijeras o lápices a modo de amenaza a otros compañeros, botellas con agua o sacapuntas lanzados con bastante maldad y puntería a compañeros y maestros, o niños corriendo enfadados fuera de clase a los que no puedes decir nada porque si no “ya sabes que se ponen peor…”, ya no veo las cosas tan conflictivas); después de todo eso ya no daba por hecho nada.

Y me encontré a gusto. Sé que puede que pareciera que no, al fin y al cabo no soy una persona muy extrovertida y no suelo coger confianzas muy rápido, prefiero callar, observar y medir bien hasta dónde se puede o no se puede llegar, prefiero pecar de falta que de exceso; siempre me pasa al llegar a los sitios que personas que incluso llegan después que yo se integran de un modo mucho más rápido y natural, pero no quería marcharme sin que supierais que me sentí cómoda, feliz, desde el primer día, consciente de que podía pediros ayuda a cualquiera de vosotros y que me la daríais sin dudarlo, y de que me llevo conmigo una experiencia maravillosa. Después de haber visto de lo peor que puedo encontrarme (no quiero decir lo peor, por si acaso) y, sin duda, haber vivido lo mejor que voy a poder encontrar nunca, supongo que a partir comprenderé los términos medios y tendré que conformarme con eso.

Desde que llegué me he sentido parte, ya no de un claustro o de una comunidad educativa (no hay que olvidar nunca al personal más allá de los maestros), sino de una especie de familia pero de las buenas, de las que elige el corazón y no la sangre, que ésa te viene impuesta y la otra es una opción que la vida nos permite escoger. He aprendido el verdadero valor del compañerismo, del compromiso por el trabajo que hacemos y de cooperar entre nosotros para sacarlo delante de la mejor manera posible, de hacer pequeños sacrificios por el bien ajeno, porque cuando se sabe que siempre vas a encontrar una respuesta amable, una mano amiga tendida cuando la necesites, todo se hace con el mayor de los cariños; he aprendido a rellenar papeles que desconocía y a hacerlo con la seguridad de que si tenía algún problema me ibais a ayudar sin cuestionaros mi valía, sin hacerme ningún reproche; he seguido siendo nueva, porque no creo que un año en este trabajo (que es casi una forma de hacer las cosas en la vida) sea suficiente para considerarse con experiencia, pero me he sentido realmente aprendiz y no víctima de mis posibles ignorancias.

Y, sobre todo, he aprendido que al colegio se viene a trabajar, sí, pero también a pasarlo bien, eso que mi madre me repetía cuando era niña y que llegó un momento que olvidé. Cánticos alegres en los pasillos, unos pastelitos (que no falte la buena alimentación) siempre en la sala de profesores, las cervecillas en el kiosco, las comidas improvisadas y las previstas, mil y una efemérides que han llenado el centro de color (y sí, de mucho trabajo detrás, claro está), las bromas, las risas, los piropos, el intentar siempre sacar de nosotros lo mejor aún en los peores momentos, que sé que ha sido un año duro, muy duro para algunos, y aún así vuestra tristeza siempre me ha rozado casi sin notarlo, enmascarada en una sonrisa y en el intento siempre de compartir lo bueno e intentar que lo malo pasara lo más deprisa posible.

Gracias, morchericos, por hacerme formar parte de vuestro colegio más allá de ser la tutora de un curso, más allá de dar clases de una materia u otra,  mucho más allá de rellenar papeles o actas o de firmar mi presencia en los claustros. Gracias por hacerme formar parte del colegio de verdad, el que traspasa las cuatro paredes, el que llega al fondo del corazón y nos marca para siempre.

Marcharse con lágrimas de un sitio parece señal de tristeza pero yo prefiero creer que es una señal positiva, porque si uno se marcha con pena de algún lugar es porque dejó en él parte de su felicidad y eso no tiene precio.

Espero visitaros algún día  que sea festivo donde quiera que esté y lectivo en El Morche (prometo llevar alguna tartita que luego las dietas son muy duras) y que sigáis siendo así, unos profesionales increíbles y unas personas inigualables.

Gracias por este año y ya sabéis cuál es mi móvil para lo que necesitéis. Un abrazo muy fuerte.

Noelia.

jueves, 25 de junio de 2015

GRACIAS

Hay veces que el pasado vuelve en forma de presente y te trae recuerdos que creías olvidados… Momentos de tu vida que pasaron y que habías dejado guardados en un cajón profundo, momentos con sus más y con sus menos de los que, sin ninguna duda, soy parte yo misma, errores y aciertos incluidos.

 Es curioso, porque sigo compartiendo mi vida con la mayor parte de los protagonistas de esa parte de mi ayer y, sin embargo, has sido tú el que le ha dado un sentido a ciertos destellos que perdían, poco a poco, su intensidad en el mar del tiempo, que, a veces, se torna océano.

Supongo que en parte es porque contigo nunca tuve una relación igual que con el resto. Fuera por el motivo que fuera, (y desde luego nada tenía que ver con querer aprovecharnos el uno del otro para tener mejor o peor nota), existía cierta chispa, la forma en que teníamos de ver el mundo, tan diferente pero con cierto punto final en común; tus filosofías, tan elaboradas, las mías, tan fantasiosas…

Los años han pasado por nuestras vidas en la distancia, sin saber apenas el uno del otro más que por las redes sociales, que a veces te atrapan como las propias redes, y a veces son tan sociales como ellas mismas. Nos hemos hecho mayores (por supuesto, no demasiado, no hay que darle tantas vueltas), hemos aprendido de todo lo que hemos vivido, hemos extraído conclusiones y hemos madurado (al menos, un poquito). Vamos estableciendo poco a poco, en la medida en que los días que corren nos dejan, nuestras vidas. Casa, trabajo, dinero (siempre relativo, claro está)…

Y, de repente, miramos atrás y nos preguntamos, de algún modo, qué ha pasado con lo que éramos. Yo, al menos, lo he hecho más de una vez. Pero se deja el tiempo pasar, como si él sólo fuera a hacer algo más que cerrar, cada vez más, el recuerdo. Mas con esto ocurre, supongo, como con los amores: el destino, en el que sólo creo relativamente, se empeña en que algunas personas nunca dejen de forma parte de tu vida (llámalo destino, llámalo pura cabezonería del corazón), y algo tan absurdo como quedar una tarde (algo que todos los días se hace con algún amigo, un gesto común, aparentemente sin mucha importancia) nos hace retroceder en  el tiempo a la vez que nos permite reencontrarnos en el presente evaluando los daños que las ausencias hayan podido causar.

Por suerte, a mi parecer, no han sido tantos. Seguimos siendo nosotros, con nuestros recuerdos y nuevas experiencias añadidas en la maleta del saber, cada uno con su perspectiva de lo que compartimos, cada uno con su forma de querer al otro, pero nuestras miradas se cruzan y yo aún veo esa persona que conocí años atrás, esa picardía que disfraza a veces tu corazón, esas bromas que aligeran el peso de las penas de la vida, ese dolor escondido tan abajo, esa forma de superar todo lo que la vida te eche…

Sabes que éste es mi mundo secreto, que el papel es la forma más directa que conoce mi corazón de comunicarse, así que no podía dejar de escribirte esto, de dedicarte algo hoy a ti, que me has recordado tantas cosas y que me has hecho sentir como si, en parte, apenas hubiera pasado el tiempo. Agradecer el cariño que una recibe siempre es necesario y totalmente justo y éste es el mejor modo que conozco.


Perdona si las fotos son algo que preferirías no ver. Recuerda, amigo mío, que cuando el pasado duele es porque, de alguna manera, fue importante para nosotros. Así que, de vez en cuando, no está de más volver la vista atrás y permitir que nos atrape unos segundos, sobre todo si, al regresar la mirada hacia el presente, lo mejor de él sigue a nuestro lado.