jueves, 3 de noviembre de 2016

UN PRÍNCIPE QUE ME PROTEJA

Hace un tiempo las galletas Príncipe están haciendo anuncios que muestran un prototipo, cuanto menos que “diferente” de parejas y personas. El primero que vi que me llamó la atención fue uno en el que el protagonista, (chico), buscaba a su “príncipe” y salía corriendo detrás de él. Hasta ahí, nada que decir. Pero el último que he visto…

Llevo mucho tiempo observando cómo la sociedad está intentando vendernos un prototipo de mujer liberal, poderosa, capaz de todo, independiente… un prototipo de mujer que es casi una súper woman, con tal de que se vea que puede vivir sin un hombre. Porque sí, éste es el punto clave de la cuestión, que la mujer sea libre del hombre. En tiempos como estos, donde la igualdad, desde mi punto de vista, se está buscando dejando en evidencia al hombre, como si necesitáramos quitarles “el trono” para ocuparlo nosotras, no es de extrañar que los anuncios se hicieran eco de todas esas voces femeninas que claman contra los cuentos de hadas y el papel inactivo de la mujer en los mismos y las galletas de chocolate más clásicas no iban a ser menos.

Me refiero al anuncio en el que salen unos niños representando una obra de teatro de príncipes, princesas y dragones. En ella, el chico le dice a ella que la salvará del dragón, pero después de tomarse unas galletas Príncipe, a ella se le ocurre la genial idea de “salvarse a sí misma”, se coloca una armadura en el pecho y cuando el niño se posiciona entre el dragón y ella por segunda vez y le promete salvarla, ella lo aparta y dice “déjalo, ya lo hago yo.”

Supongo que aquí todas las feministas del momento (y entiendo feminista con las mismas connotaciones que machista) estarán aplaudiendo la idea de fomentar en las niñas la idea de que no les hace falta nadie para ser salvadas, y mucho menos un príncipe azul; que ellas solas pueden defenderse y luchar contra cualquier mal y que, de hecho, es lo mejor que pueden hacer.
No quiero decir lo contrario, no seré yo la princesa pasiva que se siente en la torre a esperar a ser salvada por un príncipe al que ni conozco, es más, si de algo me siento feliz y orgullosa es de haber podido aprender a ser independiente, saber que vaya donde vaya, puedo sobrevivir yo sola, que no necesito ni a un hombre ni a una mujer a mi lado para seguir adelante; puedo conducir, cargar cosas, pedir la cuenta en un bar, abrir botellas de vino, preguntar si tengo dudas… me considero una mujer independiente y capaz de valerme por mí misma en caso de que sea necesario.

Pero… ¿es realmente necesario siempre? Es decir, en caso de tener a nuestro lado a alguien que nos eche una mano, ¿de verdad preferimos seguir luchando solas? ¿Es esa la igualdad a la que aspiramos?
Yo, desde luego, no. Desde que somos pequeñas, ya vemos a nuestros padres (ellos), como héroes que nos protegerán de todo mal. Cuando estamos a su lado sentimos que no puede pasarnos nada malo. Mamá es la que nos mima, nos cuida, nos arropa por las noches… pero de la mano de papá sabemos que nadie podrá hacernos daño. Y no creo que sea algo negativo ni machista. ¿De verdad es tan malo que cada sexo tenga un rol en determinados casos? ¿De verdad tenemos que ser tan iguales? Voy más allá, ¿de verdad se puede? Yo estoy segura de que no. Somos sexos diferentes porque tenemos características diferentes y eso es riqueza para la especie humana, no un problema. La igualdad por la que yo abogo parte de tenernos el mismo respeto entre ambos, de tener los mismos derechos, de cobrar los mismos sueldos, de compartir las tareas del hogar y cuidados de los hijos… Pero no de ser iguales porque no lo somos, y las diferencias son evidentes…

En fin, que no estoy de acuerdo con esa nueva visión de las mujeres súper poderosas que pueden con todo y con todos ellas solitas y sin ayuda. Que siempre me ha gustado creer en la existencia de ese príncipe azul que me haga sentir protegida, no porque yo no pueda sola contra los dragones de mi existencia, sino porque, de vez en cuando, ¿a quién no le gusta saber que hay alguien que te va a cuidar, acurrucarse en los brazos de alguien, cerrar los ojos y dejarse llevar?

Quizás ya no se lleve, quizás no sea ya lo normal pero… a mí sí me gusta. Saber que puedo sola, claro, pero que a veces voy a poder no hacerlo yo. Comprender que no es cuestión de no hacer nada si estoy sola, no, pero que si estoy con alguien, puedo delegar y confiar en él. Ir paseando por la calle y sentirme arropada si me da la mano o si pasa su brazo por mis hombros. Dormirme sabiendo que, si me pasa algo, me cuidará, aunque sólo sea con un beso, con una caricia, con una palabra de aliento porque, quizás, no se pueda hacer nada más, porque tal vez con ese “nada más” ya lo está haciendo todo. Y saber, claro está, que yo haré lo mismo cuando él lo necesite, a mi manera, dentro de lo que se pueda siempre.


Así que, si yo fuera la niña de ese cuento, cogería mi espada, claro está, y lucharía codo a codo con el príncipe contra el dragón. Pero después, ¿por qué no? me abrazaría a su cintura y dejaría que, a lo largo del camino de regreso al castillo, fuera él quien espantara al resto de fantasmas que nos acecharan. Aunque sepa que, si él no estuviera, lo haría yo sola sin problemas. Porque yo sí que agradezco esa sensación. Porque yo sí me siento más segura al lado de alguien que sé que lucharían por mí contra dragones y brujos malvados, aunque al llegar a casa y quitarse la capa, tuviera que curar yo sus heridas. Porque yo sí quiero un príncipe que me proteja.