miércoles, 30 de septiembre de 2015

UNO MÁS UNO NO ES IGUAL QUE DOS

Uno más uno son dos. Matemáticamente, nadie se atrevería a cuestionar esta verdad. Si tengo un lápiz sobre la mesa y pongo otro lápiz sobre la mesa, un lápiz más un lápiz: dos lápices. La cuestión, el quid, el matiz quizás, es el modo en que traducimos el lenguaje algebraico, esas dos líneas paralelas entre sí que llamamos “igual”. Hacemos igualdades por hablar de equivalencias y en términos matemáticos es una expresión exacta y correcta. Pero… cuando queremos hablar de otras cosas ajenas a las matemáticas e incluimos jerga propia de este lenguaje en nuestro hablar cotidiano, a veces, confundimos términos.
Uno más uno son dos, efectivamente, pero eso no significa que uno más uno sea lo mismo que dos. Al menos, no cuando ya no estamos hablando de números. Un pato más otro pato son dos patos, pero sin duda los patos se quejarían si alguno de nosotros dudara de su integridad como pato único, como unidad. Cuando tengo dos unidades y las sumo entre sí, obtengo como resultado seguro el número dos, pero eso no quiere decir que hayan dejado de ser uno más uno…

¿Y a qué viene todo esto? Supongo que últimamente mi vida se rodea de amores y desamores inesperados que cada uno se toma como puede. Desamores que rompen corazones y sacan el lado oscuro de las personas despechadas. Amores que nacen cuando y donde menos lo esperas y devuelven a la vida una ilusión que parecía perdida. Sonrisas absurdas que nacen de corazones aparentemente destrozados que han resucitado sin avisar… Y, de todo este revuelto de sentimientos y emociones, nace esta idea: somos únicos. Aunque nos enamoremos, aunque nuestros corazones se enreden más allá de los razonablemente sano, aunque las mariposas en el estómago a veces parezcan águilas reales aleteando dentro de nosotros… Seguimos siendo únicos. No necesitamos a nadie más para seguir respirando, para que el corazón siga latiendo, para que todas nuestras funciones vitales continúen intactas. ¿Y a nivel emocional? Pues tampoco. Obviamente queremos tener a nuestro lado personas que se preocupen por nosotros, que nos cuiden, que nos hagan sentir especiales. Nuestros amigos, nuestros familiares… son personas que pueden darnos todo eso pero, sin duda, y como bien decían en Moulin Rouge: “La cosa más hermosa de este mundo es amar y ser amado…” Nada como mirar a alguien y ver en sus ojos reflejado el amor que los tuyos desprenden. Nada como sentir que, pase lo que pase, hay un alma que piensa en ti, que se acuerda de ti, que será tu apoyo y tu pilar para que construyas, sobre él, todos tus sueños. ¿O debería decir vuestros sueños?

A veces me pregunto si es verdad eso de la media naranja… Eso de que todos tenemos, en alguna parte del mundo, alguien que encaja perfectamente con nuestra persona, como si la completara, como si, de algún modo, nos hiciera encontrar aquello que en alguna parte de nuestro corazón faltaba. A veces me pregunto si nuestras expectativas en ella no son demasiado altas y, sobre todo, demasiado inútiles.
Nuestra media naranja… No quiere decir que no estemos completos sin ella, podemos entender que hoy en día somos capaces de vivir solos y felices durante mucho tiempo. Muchas personas están convencidas de ello y, sin embargo, siguen teniendo fe en el tema de la media naranja. Probablemente yo sea una de ellas. Pero voy matizando cada vez más la idea. ¿Por qué una sola? ¿Acaso no puedo tener dos, tres o cuatro medias naranjas? Supongo que una naranja no tiene tantas maneras de cortarse, al fin y al cabo. ¿No podría encajar conmigo más de una persona en toda mi vida? En términos matemáticos (parece que hoy me persiguen) es posible que el hecho de hablar de “mitad” no sea compatible con hablar de más de una mitad, pero… media naranja es tan sólo lo que me queda de una naranja cuando la corto en dos pedazos y cojo uno de ellos. ¿Cuántos otros pedazos de otras miles de naranjas puedo tener que encajen? De nuevo retomo el término del principio, ¿cuántas otras unidades independientes pueden casar perfectamente la una con la otra para crear ese fabuloso y mítico dos formado, esta vez sí, por uno más uno?
Soy romántica. Creo en el amor de verdad, en las personas que son tal para cual, en esa sonrisa que nace sin que sepas por qué… Creo en las medias naranjas y en las almas gemelas, ¿cómo no hacerlo, si comprobé su existencia? Lo que no tengo tan claro es que sean personas que tengan que estar juntas necesariamente, ni que el destino vaya a hacer magia para unirlas a pesar de los miles de obstáculos que surjan entre ellas, ni que haya una varita mágica que les dé un final feliz, tarde o temprano (y suele ser tarde, después de miles de errores y malentendidos). Pese a ello, disfruta mucho más del amor y de sus minudencias tal vez por eso, porque me enamoro de todo un poco, porque las pequeñas cosas para mí siempre son las más grandes y porque, aunque sigo siendo “la princesa de los cuentos de hadas”, hoy soy consciente de que mi cuento lo escribo yo y de que a veces he tenido que pasar página aún sin decidirlo, así como a veces han aparecido capítulos en mi vida inesperados que me encantaría poder seguir escribiendo para siempre…

Haya encontrado o no a mi media naranja a día de hoy, (no es de lo que siento o no de lo que estoy hablando) lo que tengo claro es que ya no busco una persona que se adapte a mis sueños ni yo pienso adaptarme a los sueños de otro. Creo que la verdadera felicidad radica en encontrar a alguien que, en solitario, tuviera los mismos sueños que estando contigo y que la única diferencia radique en tu presencia en los mismos.  Es decir, hay que cambiar siempre pequeños detalles, adaptarse, amoldarse a las necesidades de otro, porque al fin y al cabo, uno más uno sigue siendo algo muy distinto a uno solo pero… los sueños, las aspiraciones, las cosas importantes, las que estoy convencida no se pueden cambiar… esas deben permanecer intactas y, para ellos, sería conveniente que fueran, de algún modo, compartidas. Y, de hecho, creo que todo lo que hagamos por la otra persona, en el fondo, debemos hacerlo por nosotros mismos, porque estando ahí, con esa persona, nos sintamos felices, completos; y no por hacer favor alguno. Sólo cuando el “sacrificio” no es percibido como tal, porque realmente no lo es, porque es algo que nace voluntariamente de uno, somos capaces de dar lo mejor de nosotros mismos por otros. Y eso sí forma parte del amor, poder elegir qué deseamos hacer y seguir haciendo lo mismo.

De los desamores de mi alrededor que comenté al principio surgieron ciertas conversaciones en las que la idea de ser dos parecía la única opción para ser feliz. Como si vivir como el uno que somos no fuera suficiente, como si necesitáramos, necesariamente, convertirnos en un dos. Como si no buscarlo, como si disfrutar de nuestra soledad de uno, no fuera propio de personas “normales” o, al menos, de buen corazón.

He escuchado últimamente tantas críticas hacia eso. Tantas personas que han criticado a otras solo porque no quieren una relación estable o parecen no quererla. Como si eso pudiera elegirse. Como si eso dijera algo de nosotros… Tener una relación estable o buscarla no indica que se sea mejor o peor persona. No creo que el hecho de anhelar siempre compartir con alguien cada minuto de tu vida nos haga mejores personas, al contrario, quizás se trate de personas más necesitadas o menos seguras de sí mismas. Tampoco creo que el ideal de vida sea cambiar cada noche de acompañante. Lo único que digo es que la elección de tu forma de actuar y vivir el amor es cosa de cada uno y que buscar pareja estable no es sinónimo de ser una persona fiel, cariñosa, buena y perfecta; así como no buscarla tampoco lleva implícito en sí defecto alguno. Últimamente he escuchado demasiados reproches con respecto a elegir una vida de “libertad” frente a una vida “en pareja”, como si los que quieren una pareja fueran mejores personas que los que no la tienen o, peor aún, los que no la buscan. Muchos de los que queremos tener pareja para luego tener una familia y demás historias no pensamos nada de eso pero otros se creen con el poder de juzgar a los que han decidido disfrutar de la vida hasta que su corazón se adentre de nuevo en algún cuento de insospechado final. Parece que sea pecado a estas alturas de la vida. O parece que sea de santos el querer ser un novio fiel y leal a las viejas costumbres. Simplemente, son formas de pensar en momentos determinados de la vida. No se es ni mejor ni peor. Quizás a veces el soltero está más preparado para tener una pareja que el que la busca por todos los rincones porque, precisamente, no parece necesitarla realmente y podrá elegir sin el corsé de la necesidad o de la angustia por no estar solo. 

Una pareja no es sólo compañía, implica (o debe implicar) mucho más. Y, para eso, debemos amar a alguien por encima de todas las cosas: a nosotros mismos. Y sólo nos amamos a nosotros, por desgracia, cuando no quedan otras opciones, porque nos sentimos egoístas, porque parece que está mal. Sin embargo, sólo cuando nos amamos a nosotros mismos estamos preparados de verdad para tener una pareja. Ir de una pareja a otra dando saltos como si la soledad nos asustara, como si no pudiéramos estar solos, es un error. Porque estar con alguien por no estar solos es, simplemente, inaceptable.
Además, elegir tener pareja estable o no realmente no es una realidad. El corazón elige cuándo desea compartir con alguien algo más o no. Puedes prometer amor eterno y que tus sentimientos desaparezcan igual que puedes jugar con fuego, prometer libertad y ausencia de compromisos… y que el corazón se te enrede más de lo esperado. No podemos controlar al amor, de ahí su magia…

Sí, he aprendido algo durante este tiempo, sobre todo el tiempo que estuve en soledad. Sé que aunque sigo siendo una soñadora que sabe que cuando mi corazón habla todo lo demás calla, que sigo dejándome llevar por lo que siento aunque mi cabeza me diga que me voy a hacer daño tarde o temprano, que sigo apostando aún cuando el juego está perdido desde el principio; también he dejado de aferrarme desesperadamente a lo que sea sólo por no estar sola. Mi corazón sigue jugándomela cuando le parece, para qué negarlo, y he vuelto a enamorarme en algún momento aunque no fuera el camino establecido. Pero soy consciente de que el amor en mí ya no es un amor por necesidad, como antes. Es un amor que nace porque sí y que, simplemente, se sabe más feliz con una persona determinada que con el resto. Es un amor que nace del deseo y no de la necesidad. Puedo estar sola, pero hay personas que me hacen pensar que quizás pueda sacrificar parte de mi libertad a cambio de compartir un espacio nuevo y hermoso.


Soy feliz conmigo misma, por eso sé que, ahora más que nunca, podría ser feliz de verdad con alguien. El verdadero amor no consiste en estar con alguien porque “no puedo vivir sin ti”, por muy romántico que suene. El verdadero sentimiento, al menos para mí, radica en una frase mucho más simple: “Puedo vivir sin ti… pero no quiero.” Es un matiz, un detalle… pero sólo cuando somos capaces de estar solos, de ser felices y sentirnos completos como unidad, ser ese 1 travieso cargado de identidad única, podremos buscar otro 1, igualmente completo, para hacer la suma y convertirnos, aparentemente, en 2, aunque nunca perdamos de vista que, como dice Sabina: “… pero 2, no es igual que uno más uno…”

jueves, 13 de agosto de 2015

ANTE TODO, NOSOTROS

Hace mucho que no escribo nada en mi pequeño blog y hace unas semanas que esta “historia” me ronda la cabeza así que, qué mejor lugar para exponerla que éste, mi pequeño rincón.

Antes de entrar de lleno en el tema del que quiero hablar me gustaría aclarar que vivo con dos perros. Una de ellas es mía, la adopté cuando apenas tenía tres meses y ahora va a cumplir seis años. Forma parte de mi casa y de mi familia, la quiero, cómo no, porque siempre está ahí, para bien o para mal, porque yo escogí tenerla y le debo cuidado y cariño; la quiero, sí, pero con un amor que no se puede comparar con el que siento por familiares o amigos, porque es un animal, no una persona. No es mi hija, ni mucho menos, ni mi hermana ni mi amiga.

Es mi perra, y no, no la golpearía (más allá de los zapatillazos que se lleva cuando me la lía) ni la maltrataría al igual que no golpearía ni maltrataría a ningún miembro de mi familia o de mi grupo de amigos. Me encanta que por las mañanas se tumbe a mi lado y me dé los buenos días “a su manera”, me encanta llegar a casa y saber que va a estar ahí, en la puerta, ansiosa por verme (sea por la razón que sea), me fascina cómo intuye cuando estoy triste o enferma y se queda a mi lado, quietecita, sin querer separarse de mí, como si supiera que estoy mal y quisiera darme ánimos. Es “mi” perra y por eso la quiero más que a cualquier otro animal de este mundo. Pero, aunque soy consciente de que a veces la trato como a un bebé, aunque la he malcriado y le he consentido mil tonterías, nunca he dejado de pensar que es un perro. Ya entenderéis por donde voy más tarde.

La otra perrita con la que convivo es de mi hermano. Se la encontró abandonada, atada a la farola de un bar a las dos de la mañana. Podéis indignaros, criticar al que lo hizo, llevaros las manos a la cabeza… ya casi lo veo. Pero, sinceramente, no sé por qué debería sorprendernos. El ser humano es el único capaz de hacer daño por hacer daño, ¿hace falta de verdad que sea contra un animal para que nos demos cuenta de ello, para que nos indignemos, para que reaccionemos?

Llevo mucho tiempo viendo en el Facebook, Twitter y otras redes sociales, así como en los medios de comunicación, denuncias sobre el maltrato animal, mensajes de auxilio para adoptar, mensajes indignados contra el abuso o el abandono… Lo comprendo. Lo comprendo perfectamente. El ser humano, como teóricamente el único ser dotado de raciocinio, debería mostrar precisamente eso, humanidad, y no utilizar su fuerza o su superioridad racional para hacer daño a otros animales. Pero lo hace. Y, como he comentado anteriormente, no sé de qué nos sorprende. De hecho, esta es la razón por la que necesito escribir esto.

Creo que desde hace demasiado tiempo ya hemos perdido totalmente el juicio con estos temas. Me alegra ver que existen personas que se apiadan de los animales, de alguna manera habrá que compensar por aquellos desalmados que los maltratan, abusan de ellos, los abandonan o los matan directamente. Pero… ¿hasta qué punto? Es decir, ¿no parece que nos estamos preocupando más por los animales que por otros seres humanos?

Cada vez que veo la foto de un toro malherido y lleno de sangre se me ponen los pelos de punta. He tenido que asistir a alguna corrida de toros y, más allá de los primeros minutos, en los que toro y torero bailan en igualdad de condiciones, el resto me ha parecido una brutalidad contra el pobre animalillo, una lucha completamente desigual en la que, sinceramente, me parece que el que más conexión logra con el toro es, precisamente, el torero, aunque parezca mentira. No estoy de acuerdo con acabar con este “arte” pero sí creo que habría muchas cosas que cambiar. Sin embargo, y a pesar de que aún recuerdo la tierra llena de sangre del todo que cayó frente a lugar donde estaba yo sentada, no puedo entender cuando alguien me dice que ojalá el toro cogiera al torero y lo matara. No soy de las que se echa las manos a la cabeza cuando el toro coge al torero, me parece que es parte de su oficio y que el torero lo sabe. La mayor parte de las veces, va a ganar él, pero hay un porcentaje de posibilidades de que sea el toro el que tenga suerte en la batalla. Pero, ante la muerte de un animal o de una persona… No creo que haga falta decir nada más.

Las protectoras de animales (de donde procede, por ejemplo, mi Dulce), llenan mi muro de Facebook de animales (sobre todo perros y gatos) abandonados, atropellados, dejados de la mano de Dios, por así decirlo. Me indigna, claro que sí. Creo que, como seres humanos, deberíamos empezar a ser responsables de verdad de nuestros actos. No se puede comprar o acoger un animal como si fuera un juguete, estamos hartos de escucharlo. No se puede dejar atrás un ser vivo que forma parte de tu familia porque estorba, porque no sabes qué hacer con él, porque llega el verano y hay que salir de viaje. Tener un perro o un gato conlleva ciertas responsabilidades. Por supuesto, no quiero decir que no se vaya uno de viaje o que no pueda pasar unos días fuera de casa, pero hay que saber dónde vamos a dejar a nuestro animalito y, sobre todo, saber que, al regresar, vamos a volver a tenerlo a nuestro lado. No comprendo cómo se puede abandonar a un
perrito o un gatito que ha convivido contigo aunque sólo sea unos meses, son seres que te dan una compañía y un cariño bastante particulares y me parece muy poco humano dejarlos atrás sin más, habiendo otras alternativas siempre (la primera de todas, no tenerlo si no sabes qué vas a hacer con él después). Ya ni hablemos del maltrato, porque creo que cualquier forma de maltrato es muy poco humana, cuanto más a seres indefensos (un niño, un anciano, un perrito pequeño…), porque es de cobardes. Pegar a un ser que no se va a defender es de cobardes y, sin duda, un animalito que se ha criado contigo y que confía en ti no lo va a hacer (a excepción de la mía, pero bueno, es que mi perra requeriría un blog entero para ella sola). Pero… ¿acaso no hay mujeres y hombres maltratados por sus parejas? ¿Acaso no hay padres (incluyo aquí a las madres, lo del género de las palabras no es lo mío) que golpean a sus hijos? ¿Cuántos bebés recién nacidos son abandonados por ahí? ¿Cuántas noticias hemos escuchado de bebés al borde de la muerte por una paliza del padre, la madre o la pareja de alguno de ambos? Hoy en día, después del caso de José Bretón y de otros tantos que han matado a sus propios hijos a sangre fría, no sé cómo puede sorprendernos que un ser humano golpee a un animal. 

Algunos me saltarán que no es lo mismo, que los animalillos son seres indefensos y que alguien tiene que velar por ellos pero… ¿de verdad no están indefensos esos bebés, esas mujeres y hombres maltratados previamente psicológicamente, esos niños que confían en sus familiares? Voy a ir más allá, el ser humano sigue entrando en guerras, sigue habiendo asesinos, secuestradores y violadores que hacen daño a personas que ni conocen solo por el placer de hacerlo, sin duda, desequilibrados mentales, sí, pero… si hay personas que hacen daño a otras personas, ¿cómo podemos siquiera pensar que no va a haber personas que hagan daño a otros animales que no son de su especie?

Y sí, creo que aquí es donde está el meollo de lo que quiero decir. Soy de las primeras que admite que se me cae la baba con un cachorrillo de perro o gato, que se agacha para tocar cualquier animalillos que se ponga por delante, que mira con lástima los animales tras los cristales de las tiendas de animales preguntándome si realmente estarán bien o no, Me siento orgullosa de esas personas que dan la cara por otros animales, de esos seres “indefensos” que, aunque sin duda son más fuertes que nosotros (leones, osos, tigres, elefantes… ¿quién duda de su superioridad física? Y, pese a ello, siguen sufriendo el maltrato en circos, siguen encerrados en jaulas en algunos zoos, siguen siendo cazados y subyugados por el ser humano, sin duda, inferior si nos enfrentáramos cuerpo a cuerpo con ellos), tienen la desventaja de no pensar, de no razonar, de no tender trampas ni intuirlas. Pero creo que, ante todo, deberíamos estar nosotros. Nosotros, los humanos. Entiéndase por humano todos los seres humanos que ejercen su humanidad. Para mí hay personas que han perdido esa categoría, que conste. Pero el resto, sigue estando por delante de los demás animales, aunque sólo sea por compartir conmigo la especie. Sí, tenemos razón y podemos elegir, claro está. No somos igual que el resto de los animales pero… ¿de verdad tenemos que elegir? Quiero decir, ¿hasta qué punto se antepone la vida de un ser humano (vuelvo a recalcar que para mí es todo aquel que aún conserva su humanidad) a la de un animal?

Ojo, no estoy diciendo que los que defienden los derechos de los animales no piensen en las personas, esto no es un juicio contra las denuncias ante el maltrato animal porque creo que es necesario que salga y que salga de nosotros, los humanos (si los animales se pudieran defender en ese sentido, no seríamos los únicos seres vivos dotados de razón). Sólo estoy diciendo que, por favor, no perdamos la cabeza, no nos excedamos con ciertos límites. Que no olvidemos que somos humanos y que hay miles, millones de seres humanos en este mundo que lo están pasando mal, que están sufriendo, que necesitan ayuda también y que, tal vez, están siendo olvidados. Personas que están perdiendo su hogar, que no tienen que comer, niños que no tienen regalos por Reyes, niños que no tienen que comer, otros que carecen de las vacunas necesarias, algunos que morirán sin dejar de serlo, tan pronto, tan antes de tiempo…

He comenzado diciendo que quiero a mi perra, sí, la adoro. Pero, por mucho que me doliera, por mucho que sé que viviría siempre con esa imagen en mi mente, si tuviera que elegir entre ella y un ser humano… no habría duda. El ejemplo típico es el del precipicio, supongo, si tuviera a cada uno en una mano y sólo pudiera sostener a uno, ¿a quién soltaría? Sé de personas que dirían que soltarían a la persona porque su perro es como su hijo pero… por mucho amor que le tenga (y que conste que es muchísimo, que a veces sueño que le pasa algo a mi perrita y me despierto muy agobiada), un ser humano es un ser humano y no se puede elegir. Por suerte, no hay precipicios a la vista y la elección no es necesaria.

Realmente, nunca lo es, por suerte, y podemos ayudar a animales y seres humanos por igual. Así pues, sin desear que esto sea una crítica para los que dan la cara por los animalillos que lo merecen, por favor, no perdamos nunca de vista qué somos. Y que, ante todo, estemos nosotros como seres humanos. Somos la única especie que se autodestruye a sí misma así que, si queda alguien con humanidad suficiente para apiadarse de otra especie, espero que haya esperanza para la humanidad en sí. Como decía aquel anuncio, “el ser humano es el único que puede salvar a otro ser humano.”

Y en nuestras manos está salvarnos… y salvar al resto.


martes, 30 de junio de 2015

A MIS QUERIDOS MORCHERICOS

Hoy, el CEIP El Morche ha cerrado sus puertas para mí (bueno, si alguien me requiere en Julio soy consciente de que debo ir y no pondré pegas) y yo, que me conozco, sé que quizás no he sabido expresar de verdad lo importante que habéis sido para mí, lo a gusto que he estado con vosotros y lo feliz que me voy de poder haber compartido con vosotros este curso, con tan sólo una nota de tristeza: no poder quedarme.

No creo que olvide nunca el día que sonó mi móvil con ese número tan largo típico de la delegación y el señor que estaba al otro lado de la línea e dijo que había una sustitución para mí en un colegio de El Morche. Estaba comprando zapatos (mi gran debilidad) apenas tres días después de mi cese tras un mes de trabajo en un colegio de Vélez Málaga. “¿El Morche?” Pensé. “Y eso, ¿dónde está?” El señor me indicó “amablemente” que era de la zona de Torrox-Costa pero que no sabía decirme nada más, ni siquiera si la sustitución era larga o corta.

Colgué con sensaciones enfrentadas. En primer lugar, la emoción típica de cualquier interino al que llaman para darle trabajo cuando está parado (aunque ya digo que apenas estuve un día, porque los otros dos fueron fin de semana). En segundo lugar, cierta frustración. De todos los centros bilingües de la provincia de Málaga (la única que había puesto para sustituciones), sin duda Torrox era una de las que más alejadas pillaba de mi casa… y de Málaga capital, que era mi segunda opción para vivir en caso de tener que desplazarme. Sé que es absurdo pensar eso teniendo en cuenta que me había librado de colegios de interior y que estábamos hablando de seguir en mi provincia, pero las estadísticas jugaban a mi favor (cualquier centro desde Estepona hasta el Rincón entraba dentro de mis comodidades) y aún así, me mandaron un poquito más allá.

Me fui aquella misma tarde a acoplarme a la casa que mi hermano compartía temporalmente con un amigo en Málaga, y el Martes me levanté, recogí mi tarjetita rosa (qué maravilla, cómo funcionan las tecnologías en la Delegación) y me fui dirección a El Morche sin tener todavía muy claro cómo llegar. Abandoné la autovía pasado Vélez (la entrada que había cogido hasta entonces para mi colegio anterior) y descubrí pueblos que ignoraba mientras me deleitaba con las hermosas vistas de la playa a ras de carretera: Algarrobo, Mezquitilla, Lagos… y, al fin, El Morche. Avancé por la en aquel entonces desconocida para mí Carretera de Almería pendiente de cada cartel, temiendo no ver el colegio aunque a la vez preguntándome dónde estaría, si yo sólo veía una calle en aquel pueblo y no tenía pinta de haber ningún colegio por allí. Un cartel rosa me indicó que el CEIP El Moche estaba cerca, así que aparqué y llegué, casi sin darme cuenta, al edificio de ladrillos a la vera de la playa que se convertiría, sin duda, en uno de los mejores lugares donde he podido estar.

Desde Inma, una de las primeras personas que recuerdo, su voz calmada, la paz que desprendía con cada una de sus palabras; ver a Miguel en mi clase, al lado del cual me quedaba yo tan pequeña; Joaquina cantándole a Antonio y a Fran de lado a lado del recibidor; las palabras amables en la puerta, el recibimiento de todos y cada uno de vosotros en aquellos primeros días, , en aquellos primeros recreos en los que apenas tardé 5 minutos en sentirme una más, como si llevara allí toda la vida… Quizás es lo que debiera ser normal, quizás entre tanta competencia ciudadana y valores cívicos podría entenderse como lo lógico, pero mi experiencia del curso anterior, de la cual yo partía, no me hacía esperar eso. Tras un centro en el que mi mayor apoyo fueron los padres y, sobre todo, las madres de mis alumnos (y sí, sé que quizás es poco habitual, pero así eran las cosas allí), unos claustros que parecían esconder guerras frías entre dos partes muy claras del profesorado, el escaso apoyo, el sentirme nueva y menospreciada por ello, la frase que tantas veces escuché: “se nota que no tienes experiencia” o “no puedes pretender hacer las cosa igual de bien que fulanita, que lleva treinta años trabajando”, intentando excusar errores que venían de mucho antes a que yo llegara en un curso en el que sufrí y aprendí casi con la misma intensidad y que sin duda me ha hecho relativizar el concepto “clase conflictiva” (yo, hasta que no veo tijeras o lápices a modo de amenaza a otros compañeros, botellas con agua o sacapuntas lanzados con bastante maldad y puntería a compañeros y maestros, o niños corriendo enfadados fuera de clase a los que no puedes decir nada porque si no “ya sabes que se ponen peor…”, ya no veo las cosas tan conflictivas); después de todo eso ya no daba por hecho nada.

Y me encontré a gusto. Sé que puede que pareciera que no, al fin y al cabo no soy una persona muy extrovertida y no suelo coger confianzas muy rápido, prefiero callar, observar y medir bien hasta dónde se puede o no se puede llegar, prefiero pecar de falta que de exceso; siempre me pasa al llegar a los sitios que personas que incluso llegan después que yo se integran de un modo mucho más rápido y natural, pero no quería marcharme sin que supierais que me sentí cómoda, feliz, desde el primer día, consciente de que podía pediros ayuda a cualquiera de vosotros y que me la daríais sin dudarlo, y de que me llevo conmigo una experiencia maravillosa. Después de haber visto de lo peor que puedo encontrarme (no quiero decir lo peor, por si acaso) y, sin duda, haber vivido lo mejor que voy a poder encontrar nunca, supongo que a partir comprenderé los términos medios y tendré que conformarme con eso.

Desde que llegué me he sentido parte, ya no de un claustro o de una comunidad educativa (no hay que olvidar nunca al personal más allá de los maestros), sino de una especie de familia pero de las buenas, de las que elige el corazón y no la sangre, que ésa te viene impuesta y la otra es una opción que la vida nos permite escoger. He aprendido el verdadero valor del compañerismo, del compromiso por el trabajo que hacemos y de cooperar entre nosotros para sacarlo delante de la mejor manera posible, de hacer pequeños sacrificios por el bien ajeno, porque cuando se sabe que siempre vas a encontrar una respuesta amable, una mano amiga tendida cuando la necesites, todo se hace con el mayor de los cariños; he aprendido a rellenar papeles que desconocía y a hacerlo con la seguridad de que si tenía algún problema me ibais a ayudar sin cuestionaros mi valía, sin hacerme ningún reproche; he seguido siendo nueva, porque no creo que un año en este trabajo (que es casi una forma de hacer las cosas en la vida) sea suficiente para considerarse con experiencia, pero me he sentido realmente aprendiz y no víctima de mis posibles ignorancias.

Y, sobre todo, he aprendido que al colegio se viene a trabajar, sí, pero también a pasarlo bien, eso que mi madre me repetía cuando era niña y que llegó un momento que olvidé. Cánticos alegres en los pasillos, unos pastelitos (que no falte la buena alimentación) siempre en la sala de profesores, las cervecillas en el kiosco, las comidas improvisadas y las previstas, mil y una efemérides que han llenado el centro de color (y sí, de mucho trabajo detrás, claro está), las bromas, las risas, los piropos, el intentar siempre sacar de nosotros lo mejor aún en los peores momentos, que sé que ha sido un año duro, muy duro para algunos, y aún así vuestra tristeza siempre me ha rozado casi sin notarlo, enmascarada en una sonrisa y en el intento siempre de compartir lo bueno e intentar que lo malo pasara lo más deprisa posible.

Gracias, morchericos, por hacerme formar parte de vuestro colegio más allá de ser la tutora de un curso, más allá de dar clases de una materia u otra,  mucho más allá de rellenar papeles o actas o de firmar mi presencia en los claustros. Gracias por hacerme formar parte del colegio de verdad, el que traspasa las cuatro paredes, el que llega al fondo del corazón y nos marca para siempre.

Marcharse con lágrimas de un sitio parece señal de tristeza pero yo prefiero creer que es una señal positiva, porque si uno se marcha con pena de algún lugar es porque dejó en él parte de su felicidad y eso no tiene precio.

Espero visitaros algún día  que sea festivo donde quiera que esté y lectivo en El Morche (prometo llevar alguna tartita que luego las dietas son muy duras) y que sigáis siendo así, unos profesionales increíbles y unas personas inigualables.

Gracias por este año y ya sabéis cuál es mi móvil para lo que necesitéis. Un abrazo muy fuerte.

Noelia.

jueves, 25 de junio de 2015

GRACIAS

Hay veces que el pasado vuelve en forma de presente y te trae recuerdos que creías olvidados… Momentos de tu vida que pasaron y que habías dejado guardados en un cajón profundo, momentos con sus más y con sus menos de los que, sin ninguna duda, soy parte yo misma, errores y aciertos incluidos.

 Es curioso, porque sigo compartiendo mi vida con la mayor parte de los protagonistas de esa parte de mi ayer y, sin embargo, has sido tú el que le ha dado un sentido a ciertos destellos que perdían, poco a poco, su intensidad en el mar del tiempo, que, a veces, se torna océano.

Supongo que en parte es porque contigo nunca tuve una relación igual que con el resto. Fuera por el motivo que fuera, (y desde luego nada tenía que ver con querer aprovecharnos el uno del otro para tener mejor o peor nota), existía cierta chispa, la forma en que teníamos de ver el mundo, tan diferente pero con cierto punto final en común; tus filosofías, tan elaboradas, las mías, tan fantasiosas…

Los años han pasado por nuestras vidas en la distancia, sin saber apenas el uno del otro más que por las redes sociales, que a veces te atrapan como las propias redes, y a veces son tan sociales como ellas mismas. Nos hemos hecho mayores (por supuesto, no demasiado, no hay que darle tantas vueltas), hemos aprendido de todo lo que hemos vivido, hemos extraído conclusiones y hemos madurado (al menos, un poquito). Vamos estableciendo poco a poco, en la medida en que los días que corren nos dejan, nuestras vidas. Casa, trabajo, dinero (siempre relativo, claro está)…

Y, de repente, miramos atrás y nos preguntamos, de algún modo, qué ha pasado con lo que éramos. Yo, al menos, lo he hecho más de una vez. Pero se deja el tiempo pasar, como si él sólo fuera a hacer algo más que cerrar, cada vez más, el recuerdo. Mas con esto ocurre, supongo, como con los amores: el destino, en el que sólo creo relativamente, se empeña en que algunas personas nunca dejen de forma parte de tu vida (llámalo destino, llámalo pura cabezonería del corazón), y algo tan absurdo como quedar una tarde (algo que todos los días se hace con algún amigo, un gesto común, aparentemente sin mucha importancia) nos hace retroceder en  el tiempo a la vez que nos permite reencontrarnos en el presente evaluando los daños que las ausencias hayan podido causar.

Por suerte, a mi parecer, no han sido tantos. Seguimos siendo nosotros, con nuestros recuerdos y nuevas experiencias añadidas en la maleta del saber, cada uno con su perspectiva de lo que compartimos, cada uno con su forma de querer al otro, pero nuestras miradas se cruzan y yo aún veo esa persona que conocí años atrás, esa picardía que disfraza a veces tu corazón, esas bromas que aligeran el peso de las penas de la vida, ese dolor escondido tan abajo, esa forma de superar todo lo que la vida te eche…

Sabes que éste es mi mundo secreto, que el papel es la forma más directa que conoce mi corazón de comunicarse, así que no podía dejar de escribirte esto, de dedicarte algo hoy a ti, que me has recordado tantas cosas y que me has hecho sentir como si, en parte, apenas hubiera pasado el tiempo. Agradecer el cariño que una recibe siempre es necesario y totalmente justo y éste es el mejor modo que conozco.


Perdona si las fotos son algo que preferirías no ver. Recuerda, amigo mío, que cuando el pasado duele es porque, de alguna manera, fue importante para nosotros. Así que, de vez en cuando, no está de más volver la vista atrás y permitir que nos atrape unos segundos, sobre todo si, al regresar la mirada hacia el presente, lo mejor de él sigue a nuestro lado. 

sábado, 23 de mayo de 2015

FELIZ CUMPLEAÑOS, ANA

Hoy es el cumpleaños de una persona muy especial en mi vida que no llegó hace tanto pero que ocupa un enorme espacio dentro de mi corazón. Y no es un cumpleaños cualquiera, no. Hoy te me haces mayor de edad, mi Anita, y, como decían en mis tiempos: “ya no puedes matar a nadie porque irías a la cárcel” :P

Dicen que cumplir 18 años es muy importante, que marca un antes y 
un después en nuestras vidas… No te lo creas. Te dejan votar, es legal que bebas o que fumes, puedes ver las películas de + 18, te puedes sacar el carné, puedes entrar más tranquila en la mayor parte de las discotecas pero… tampoco es que eso sea muy diferente de lo que hacíamos hasta ahora, ¿no? Con los años (y te saco algunos, aunque no tantos) uno aprende que la edad está en el corazón y que uno se hace adulto en algunos sentidos cuando la vida y las experiencias así lo requieren y que, por otro lado, hay aspectos en los que nunca jamás dejamos de ser niños.

Sé que estos días están siendo algo complicados pero, querida amiga, otra cosa que el tiempo me enseñó es que todo pasa por algo en la vida y que, pase lo que pase, no debes preocuparte más de lo necesario porque, sin duda, la vida a veces se bifurca en caminos que no esperábamos pero que, quizás, son los que luego nos llevarán a la verdadera felicidad. Te lo digo con conocimiento de causa...

Cuando hace cuatro años ya fracasé con mis primeras oposiciones y fui consciente de que no iba a trabajar de maestra en esos dos años (hasta las siguientes oposiciones), me hundí. A cambio, decidí que tenía que seguir haciendo algo y me saqué dos Máster. En el segundo conocí a algunas personas que son hoy esenciales en mi vida, que sé que van a estar ahí para siempre y que me aportan cosas muy especiales. Algún día te las presentaré ;)

Cuando mi ex me dejó sentí que mi mundo se hundía bajo mis pies, que todas las seguridades de mi vida se acababan, que mi futuro, casada, con niños… se desmoronaba sin que pudiera hacer nada por arreglarlo. Yo, que ahora mismo tendría que estar casada con él y, quién sabe, embaraza de aquí a dos o tres años, me veía totalmente sola y sin nada a lo que aferrarme más allá de mi familia y mis amigos, sí, esos fieles amigos que vivían, por desgracia, a 80 kms de mí o mucho más (mis dulces madrileñas). Me marché a Sevilla con ilusión de poder trabajar pero sola aún. Y decidí que aprovecharía cada oportunidad que me diera la vida para conocer gente nueva, para intentar reconstruir mi vida de nuevo. Entonces Lucía, a la que sin duda le debemos todo esto (y no es poco) me ofreció aquel papel en la serie que acepté sin dudar porque estaba sola, porque había decidido decir que sí a todo lo que pudiera ser divertido. Aquella primera noche estuve a punto de no ir (¿qué hacía yo saliendo con gente 10 años más joven que yo, qué me creía que era yo?), pero mis circunstancias me recordaron que tenía que intentarlo, que no perdía nada por ver quiénes érais, que en cualquier caso siempre podría marcharme casi sin hacer ruido. Y allí estábais Juanjo y tú en el Golden Corner, abriéndome las puertas de vuestras vidas sin preocuparos de mi edad ni mis circunstancias, y luego Sandra, Sergio y, algunas semanas más tarde, Maxim… ¿Habríais formado parte de mi vida si hubiera seguido con mi ex? Es muy probable que no, a él era imposible casarlo con vosotras, con esas salidas, con esas fiestas interminables, con esas locuras que hacemos día tras día. No, nuestras vida de matrimonio no cuadraba con esta que tengo ahora y, mi niña, esta no la cambio por nada.

Así que sonríe, pequeña, lucha con todas tus fuerzas y, pase lo que pase, ten confianza en que algo bueno siempre está por llegar, incluso de las cosas más tristes o desesperantes que te puedan pasar.

¡Ay, qué mayor te me haces! Conocerte hace ya un año y algunos meses ha sido un regalo que la vida me dio cuando pensaba que ya no encontraría algo así. Cualquiera que lea esto puede pensar que parece que hablo de un gran amor pero es que para mí no difiere tanto. La amistad es un tipo de amor que puede ser profundo, intenso, pasional y, por supuesto, verdadero. Tus locuras (y las mías), ese frescor a la hora de hacer y decir las cosas, tu perspectiva de la vida, las risas que hemos compartido, las confidencias, las charlas en el coche, cuando ya te ibas a tu casa y la despedida se alargaba casi una hora… El verano, que ya tan cerca anda, nuestro vídeo, que ya va por más de 4000 visitas (quién nos lo iba a decir), los proyectos que aún tenemos en mente y que, no lo dudo, tarde o temprano llevaremos a cabo…. Tenerte formando parte de mi vida es todo un regalo y yo, en este día tan especial para ti, no podía menos que ofrecerte esto, lo mejor que se me da en la vida, unas letras escritas que son sólo para ti.

Te me haces mayor de edad y pronto Sandrita también se lo hará, y ya no me necesitaréis de avanzadilla para entrar en los sitios ni para otras cosas; sin embargo, espero que de corazón sigamos necesitándonos las unas a las otras y, lo más importante, que sigamos queriéndonos, porque no hay nada mejor que poder estar sin alguien pero desear, aún así, que se quede a tu lado. Feliz Cumpleaños, Ana. Y que cumplas muchos más a mi lado. Te quiero.


Noelia. 

lunes, 4 de mayo de 2015

FELICIDADES, MAMÁ

Aunque con cierto retraso, he aquí mi felicitación a nuestras mamás, porque sin ellas, simplemente, no existiríamos .Nos pasamos la vida deseando volar del nido, dejar atrás esos brazos protectores y, cuando eso pasa al fin, nos damos cuenta de que no había nada mejor que aquel amor y cariño sin condiciones ni límites. Para ti, mamá. Te quiero.




MAMÁ

Hoy me he despertado rodeada de mentiras,
la primera, la más grande, la de mi propia vida.
Me he preguntado qué hago, por qué, para qué,
el silencio me ha mirado sin llegar a comprender...

Tal vez no sea tan sencillo esto de vivir lejos,
tal vez necesitara, mujer, tus abrazos y tus besos;
al fin y al cabo tú siempre estabas ahí,
repitiéndome una y mil veces que me amabas así.

Al levantarme he sentido un vacío bajo los pies,
un hueco que me faltaba, el de mi propia fe.
Me he erguido con pesadez y dificultad,
a veces no es tan sencillo eso de continuar.

Arrastrando las zapatillas, sin ganas de caminar,
he llegado a esa cocina hundiéndome en su oscuridad;
cerrándole los ojos a este nuevo día
he tratado de recordar cómo era la alegría.

Puede que no sea tan fácil esto de no verte,
puede que me hiciera falta que me dijeras que me quieres;
al menos contigo sé que siempre tenía algo seguro,
un abrazo sincero hasta en los momentos más oscuros.

Fregando el vaso he vuelto a llorar sin querer,
con la sensación de que nada quedaba por hacer.
Al limpiarme las lágrimas con los guantes mojados,
sin darme cuenta mi nariz de espuma he manchado.

Tal vez no sea tan bueno esto de estar sin ti,
de tener que valerme sola, de hacer todo por mí;
quizás necesitaba ese apoyo que tú me dabas,
tal vez mis ganas de vivir recogía en tu mirada.

Después he tumbado mi cuerpo en el sofá,
con la televisión puesta, sin nadie con quién hablar;
los programas basura no me han hecho olvidar,
tengo ganas de dejarlo todo, de todo abandonar.

Quizás no sea tan divertido esto de la distancia,
no merece la pena la libertad si mis lágrimas no calmas;
puede que necesite hablar contigo más a menudo,
contarte lo que me pasa, tener en mi mundo.

Al fin y al cabo tú siempre me entendías,
y me aconsejabas con esa antigua sabiduría,
esa que dan los años y experiencias vividas,
sabiendo que no olvidas que como yo fuiste un día.

He cerrado mi cabeza durante toda la mañana
hasta que el estómago me ha hablado para que lo alimentara;
y de vuelta en esa cocina tan vacía sin vosotros
he pensado qué hacer y lo he preparado todo.

Tal vez no esté tan mal esto de aprender a cocinar,
de ver cómo se hace eso que te va a alimentar;
tú nunca me enseñaste, pero sabías que podría,
al igual que siempre confiaste en mi propia sabiduría.

Por eso hoy me siento así, sobre todo por ti,
porque sé que escuchar mi fracaso te va a hacer sufrir;
por eso te necesito, porque sé que pese a todo dirás
que no ha sido mi culpa, que ya se superará...

Después de una tarde intensa me he dado un baño,
caliente, lleno de espuma, relajado y muy largo;
cerrando los ojos me he sentido por primera vez en paz,
como cuando era muy pequeña y nos duchábamos a la par.

Puede que no sea tan tonto eso de echarse en falta,
me gustaría que estuvieras aquí para darme la toalla;
sentada a mi lado, escuchando lo que me ha ocurrido hoy,
con ganas de escucharme, queriéndome por quién soy.

Hoy querría tenerte más que nunca a mi lado,
para que me dijeras que no llore, que tampoco es para tanto;
para ocultarme entre tus brazos como si aún fuera una niña,
para saberme más segura, para sentirme protegida.

Con el pijama puesto y la cena servida,
he visto la serie que antes reír nos hacía;
yo necesito de esas cenas en familia,
tengo ganas de volver para vivirlas.

Luego, una vez en la cama, he sonreído por ti,
porque tal vez haya fallado pero voy a ser feliz;
sé que te lo mereces y que me apoyas desde ahí,
esperando que vuelva con mil sueños por cumplir.

Tal vez estas lágrimas sean sólo tuyas,
las que te mereces, amiga, por ser quien me ayuda
pase lo que me pase, a solucionar mis dudas,
mis penas, mis tristezas; todas me las curas.

Y puede que sea difícil esto de estarme sin ti,
de no tener con quien mis intimidades en realidad compartir;
los amigos están bien pero no son nunca igual:
no tienen la misma experiencia ni como tú me querrán.

Quizás sea complicado esto de separarnos,
al fin y al cabo llevo contigo miles de años...
Te necesito y no pensé que fuera siempre a mi lado,
sé que tú también me añoras, por eso hoy te llamo.

Y es que tal vez yo no esté lista para vivir sin ti,
sin lo que tú significas, sin lo que haces por mí;
sé que casi nunca te he agradecido tu amor,
pero sé que en el fondo sabes que también te amo yo.

Puede que sin tu presencia se compliquen las cosas,
tan sólo porque tu ausencia es parte de lo que me importa;
a fin de cuentas te debo la vida entera
y no me refiero sólo al echo de que me tuvieras...

Y quizás los días sin ti se me hagan más largos
y aunque lo dudes también yo quiero estar a tu lado;
desde la distancia sé que estamos juntas de alguna manera,
prometo no defraudarte, esa será siempre mi meta.

Cerrando los ojos, poco a poco me he dormido,
con una sonrisa en los labios, recordando tu cariño;
mañana te llamo de nuevo y te cuento algo más,
te echo de menos, un beso; te quiero mucho Mamá.

domingo, 3 de mayo de 2015

AMORES PERDIDOS

Una vez leí que todos tenemos dos grandes amores en nuestras vidas. Uno de ellos, el que es para siempre, con el que te casas, con el que formas una familia, con el que al fin pasas el resto de tu vida. Podría pensarse que este es el gran amor que todos buscamos, pero seguí leyendo y contaba aquel texto que había siempre en nuestras vidas un segundo amor, esa persona “que perderás siempre”, con la que “naciste conectado” pero junto a la cual jamás habrá un final feliz. Seguía diciendo esta lectura que un día te rendirías y dejarías de luchar por ese gran amor, por esa media naranja imposible. Sólo entonces, encontrarías al primer gran amor del que hablaba el texto aunque, matizaba, “no pasarás ni una sola noche sin necesitar un beso suyo o siquiera discutir una vez más…”


Yo, como muchas otras personas que habrán leído esto, me pregunto entonces por qué no seguir peleando. Por qué darnos por vencidos y conformarnos con un amor cómodo y seguro en lugar de abandonar los miedos y darlo todo por esa persona que con sólo una mirada nos perturba el alma. Sé que todos estamos pensando en alguien. Una persona que, por mucho tiempo que pase, por muchas cosas que ocurran, siempre está ahí. Una persona que podemos dejar de ver meses y meses, pero que con sólo cruzártelo en la calle y apenas intercambiar un “hola”, hace que tu día se vuelva del revés, el corazón te palpite deprisa y vuelvan a ti todas esas emociones que creías olvidadas pero que sólo dormitaban a la espera de que esa persona volviera a despertarlas.

Echamos la vista atrás y ahí está. Ese amor perdido que acabó sin que lo esperaras, o aquel que ni siquiera tuvo la oportunidad de nacer. Esa persona que te hacía sonreír sólo con mirarte y que hacía que un beso fuera mucho más que un contacto entre dos trozos de piel. Ese amor que daba igual (y sigue dando) que se transforme en algo físico, porque la intensidad con la que te mira hace que te tiemble todo el cuerpo sin necesidad de que
te toque. Ese amor que, estés con quién estés, y hagas lo que hagas en ese momento, fue, es y será para siempre el verdadero, el que te haga temblar nada más verlo, el que derrumbe todo lo que hayas creado hasta entonces. Ese “amor dormido” que, como decía la canción, era también “un álbum de fotos que sigue vacío”, un amor en el que se hizo tarde. Un amor que se perdió por causas varias pero que, cuando te preguntan: ¿por qué…? realmente no encuentras ninguna coherente, ninguna válida, porque, sinceramente ¿qué razón puede haber para dejar escapar para siempre al amor de tu vida?

Yo estoy convencida de que, como decía el texto, todos nacemos conectados de un modo u otro a otra persona. No significa que sólo haya una media naranja en el mundo para ti, no, sino, ¡qué difícil sería encontrarla! Digo que siempre habrá una persona de aquellas que conozcas en tu vida que lo sea. Una persona que encaje contigo a la perfección, cuyas similitudes sean las justas y vuestras diferencias las perfectas para complementaros. Una persona que te refleje tal y como eres y que te ame así, al igual que tú a ella. En principio, esta persona debería ser también la que supere contigo todos los obstáculos y acabe a tu lado para siempre, claro está, pero a veces… a veces esa persona aparece en tu vida en el momento equivocado, en la persona equivocada o en ambas a la vez. Y, por muy románticos que nos pongamos, nuestra vida está conformada por muchos más hilos aparte del puramente amoroso y es complicado, a veces, saltarte todo el entramado sólo por dar una oportunidad a algo que intuyes seguro pero, a la vez, escapa totalmente a tu comprensión (y es que ya se sabe: no hay mayor locura que amar con locura).

Por eso, a veces nos encontramos en la situación del texto, rendidos a la evidencia de la imposibilidad
de ese amor, en busca (o habiendo encontrado ya) de ese nuevo amor que aporte algo de calma a nuestras vidas y que sí nos acompañe para siempre. Pero… yo me niego a dormirme cada día pensando en qué podría haber sido. Yo me niego a resignarme y a estar con alguien si mi corazón, cada vez que se cruce con otra persona, me va a recordar que en realidad no encaja del todo con el hombre que duerme a mi lado. Yo me niego a ser feliz a medias, a dejar atrás la verdadera felicidad tan sólo por tener una felicidad segura.

Así que también creo firmemente en la necesidad de no rendirse. De dar oportunidad al tiempo para que ese momento deje de ser el equivocado, para que esa persona se convierta en la correcta. Vivir la vida, claro está, y disfrutar de cada segundo de ella con la persona que haya decidido ocupar tu corazón en ese momento pero… no cerrar esa puerta definitivamente. No quedarnos quietos a esperar, tampoco es eso. Dejar que las cosas sucedan, cambien, den la vuelta. Formar parte de cada instante y entregarse al máximo en cada ocasión que la vida nos dé para sentirnos felices. Dar, tan sólo, un voto de confianza, aunque sea en silencio, en la distancia, apenas perceptible. Dejar adormilados todos esos sentimientos hasta que sea el lugar y momento oportuno para despertarse. Y, cuando llegue ese momento, reunir valor e intentar ser, simplemente, feliz.


Y es que, como decía aquel texto al que aludí al principio: “a veces se desprende más energía discutiendo con alguien a quien amas, que haciendo el amor con alguien a quien aprecias.” Y yo no pienso dejar de luchar nunca con todas mis fuerzas por encontrar ese dulce y tierno final feliz…